#agile, #designthinking, #leanstartup, e #innovación centrada en el cliente tienen raíces de pensamiento común.
Todas parten de un acto de humildad frente a la propia ignorancia, de entregarse con honestidad intelectual a lo que realmente pasa en el mundo y de poner al cliente como centro.
Todas eclosionaron alrededor de los 2000, alimentándose de ideas mucho más antiguas.
Como resultado, avanzamos haciendo experimentos y utilizando métodos, herramientas y oficio para aprender lo más eficientemente posible.
Esto es lo único que funciona cuando nos enfrentamos a un entorno desconocido y/o cambiante. Y si parece errático, es porque lo es.
Desde el agilismo, se procesa el alcance del proyecto en segmentos no predefinidos de antemano y priorizados por la voz del cliente.
El Design Thinking se usa en particular para «problemas endemoniados» (wicked problems), donde no entendemos muy bien el problema todavía, mucho menos su solución.
Lean Startup dio por tierra con los planes de negocio formulados en actos de adivinación, sostenidos por una pirámide de supuestos no explicitados y llamados a destruir capital en sonados fracasos.
Y la innovación centrada en el cliente inauguró una época en la cual el modelo de negocio propuesto es rey, en lugar de la clásica visión productocéntrica desde la ciencia y la tecnología, en un proceso lineal de «embudo de ideas» que es limitado, contraproducente y naïve.
Otras contribuciones, quizás más como herramientas que como metodologías, se agregan al elenco: User Experience, Service Blueprinting, etc.
Pero la mentalidad es la misma:
1. No hables por tu cliente, escuchalo.
2. No te juegues el rancho en una apuesta ególatra, experimentá.
3. No hagas como que sabés, cuando no sabés, y menos actúes en consecuencia.
Por Emilio Oteiza.
Consultor y docente en innovación. Fundador de Ignite – Consultoría en Innovación y Diseño. Dirige el Programa de Innovación en UCU Business School.