Con algo de culpa, admitimos que innovamos menos de lo que pensamos que deberíamos. Veo que es generalizado. Si algo nos cuesta, es porque hay cosas que se interponen. Vamos a ver:.
1. Por miedo
Tenemos una relación errada con el miedo. Al menos poco sofisticada: el miedo es malo. “No tengas miedo” es el consejo inútil al niño asustado. Pero el miedo no se va a voluntad. Nunca se va a ir sin dar pelea.
El miedo patológico o frente a un peligro real es paralizante, activa nuestros circuitos profundos de animales de presa. Es desagradable y nos urge a huir.
Innovar, o sea llevar nuevas ideas al mercado, nos enfrenta a un tipo particular de miedo: a lo desconocido. Dicen los neurocientíficos que los circuitos neuronales que reaccionan a los depredadores son los mismos que reaccionan a lo desconocido.
Un ratón de laboratorio, puesto en una jaula nueva, primero se queda muy quieto en un rincón y luego, cautelosamente, explora. Somos muy diferentes a estos roedores, pero en emociones básicas, somos muy parecidos.
El miedo es la respuesta estándar a lo desconocido, y eso es bueno porque quiere decir que, por defecto, lo nuevo tiene valor oculto. Todavía no se como llegar a ese valor, tengo que explorar. Es un miedo agridulce, con la contracara de la posibilidad.
Podremos no saber nada de innovación pero sí conocemos esto desde que somos pequeños: todo logro significativo conlleva mariposas en el estómago. Y el miedo sólo se va después de hacer aquello que nos asustaba, nunca antes.
Así que una manera de avanzar es sofisticar nuestra relación con el miedo prometedor, discriminar sus matices y hacerla más productiva. Saber que lo nuevo primero se manifiesta en ansiedad, y luego en posibilidad.
El dragón de lo desconocido siempre cuida un tesoro de potencial.
2. Por desconocimiento
“El que no sabe es como el que no ve.”
Mi madre.
Un trabajo «normal» repite procesos, optimiza, planifica, y trata de hacer mejor lo que ya hace. Necesita de gente ordenada y sistemática, jefes sabedores e infraestructura bien aceitada. Dentro de los muros reconfortantes de lo conocido, las proyecciones más o menos se cumplen, a + b usualmente da c, y hasta a veces nos podemos dar el lujo de colaborar a medias.
Fuera de esos muros, este “chip” no sólo es inútil, es tóxico.
Primero, es tuerto. Ve la mitad de las cosas y en forma distorsionada. Busca orden donde no lo hay y se frustra contra el mundo que no se acomoda a su conveniencia y KPIs.
Segundo, es naïve. Hace ferias de ideas, hackatones y comités de innovación esperando que rápidamente se desate una “cultura de innovación”, que no despega.
Tercero, y más importante, es incompetente. Es Frodo en el Pony Pisador, recién salido de la comarca y metiendo la pata, salvado por Aragorn el montaraz, conquistador de lo desconocido y por eso justo Rey.
Innovar no es un proceso sino una colección de procesos modulables, articulados según la demanda mediante el juicio experto del explorador baqueano. Innovar es un oficio. No es lugar para talentear.
Pero, también es útil que el «chip de lo conocido» esté presente, al menos como oposición, durante el desarrollo. Ayuda a orientar, aportar sensatez, y a mantener la vista en que el esfuerzo innovador deberá terminar «volviendo a casa» para implementarse y escalar. Los procesos complejos, como la innovación, se benefician de fuerzas opuestas molestándose entre sí pero colaborando para un óptimo común.
Por suerte en los últimos 20 años han explotado los abordajes y técnicas para innovar, basadas en tener los ojos bien abiertos, explorar lo desconocido en segmentos digeribles y hablar con verdad. Estamos muchísimo mejor que antes. No podemos matar a todos los dragones, pero tenemos herramientas para gestionarlos.
3. Por complejidad
Innovar demasiado poco es inocuo, pero innovar demasiado mucho puede pulverizar el bazar. Nadie quiere ser el elefante tras el mar de añicos, y por buena razón.
No es necesario ser un genio en organizaciones para saber que tienen tendencia a deteriorarse por sí solas, como todo edificio humano. Tenemos que correr bastante para mantenernos en el mismo lugar, como en el reino de la Reina Roja de Alicia en el País de las Maravillas. Si además, intentamos cosas nuevas, desestabilizamos más.
Pero sabemos que no hay escape. Estás en el juego. Si estás vivo, estás en problemas. Lo asumas o no, vivir es cambiar. Y ese cambio es bello.
Toda innovación que valga la pena implica cambio organizacional, del que afortunadamente hay abundante conocimiento disponible.
Entonces, cambiemos el cambio, seamos diestros en el meta-cambio: integrando la capacidad de cambiar en la propia tela de la organización. Colaboradores dispuestos a cambiar cada tanto y líderes que diseñan organizaciones que se reconfiguran. “Acá cambiamos” es la actitud para un bazar dinámico y fuerte; un bazar ileso pero no intacto.
Entonces, ¿qué te detiene? ¿El miedo y la complacencia viperina? ¿El torpe desaliño? ¿La suma complejidad? En innovación, los tres obstáculos son regalos[1], tesoros rodeados de peligro que sabremos desenvolver con manoplas apropiadas, oficio diestro, y ojos bien atentos.
[1] Gracias Clau Sanchez por el concepto