Liderar equipos de voluntarios es excelente para mejorar tus habilidades porque no tenés ni jerarquía formal ni recompensas financieras en qué apoyarte.
Mejor o peor, lo hice. Aprendí tres cosas que quiero compartir:
1- Contagiá pasión
Voluntariar es todo corazón, y es por contagio. Celebrá los logros, ayudá a recordar por qué es importante, contá las historias que viviste con los benefiicarios de tu esfuerzo.
Todo lo que hacés son manifestaciones del propósito de servir a otros.
2- Atendé detalles
El trabajo voluntario, antes que nada, es «trabajo».
Hay que cumplir los compromisos, llegar en hora, cerrar la canilla, dejar ordenado, apagar la luz, limpiar las cosas, mandar correctamente los mails, pasar la lista, pedir el ticket, llenar los formularios, etc.
También estar atento a los voluntarios: a los que están pasando dificultades, a los que se sienten poco valorados, a los que tienen ganas de hacer más, a los que se sienten plenos. Hablá y conocé a cada uno de ellos.
Hay que estar atento al detalle como cualquier trabajo. Si el líder tiene un corazón de oro pero una disciplina lamentable, va a liderar a un equipo de bondadosos erráticos y por eso, poco eficaces.
No te pagan (con dinero), pero sí es un trabajo. Da el ejemplo.
3- Hacé una diferencia
Como voluntario quiero una sóla cosa: mover la aguja. Hacer una diferencia. Contribuir a algo que quede funcionando.
Como líder, conseguí oportunidades para trabajar en cosas que hagan mella. Aunque incluyan también actividades banales pero necesarias.
Como voluntario estoy haciendo una donación, así que quiero ver el resultado reflejado en la vida de los demás.
Así que mantenete conectado con el propósito, atendé a los detalles y a tu gente, y trabajá para lograr algo mayor.
No muy diferente a liderar a secas, ¿no?
Nop.
Por Emilio Oteiza.
Consultor y docente en innovación. Fundador de Ignite – Consultoría en Innovación y Diseño. Dirige el Programa de Innovación en UCU Business School.